En el otoño del mundo

Por Sebastián Núñez Torres

Aunque se ha atenuado por la vida en las grandes ciudades, lejos de los bosques y las raíces telúricas, el efecto de las estaciones del año sigue modificando profundamente nuestros estados de ánimo y nuestra percepción sensible de la realidad. Una parte significativa de nuestras emociones, desbordadas siempre, como diría Pablo de Rokha, por la magnitud y la ociosidad ilustre de la naturaleza, está afectada por la relación establecida con el entorno directo que habitamos. En esa lucha por adaptarnos, por dotar de sentido y plenitud el curso incierto de las épocas, el otoño es quizá una de las estaciones más sublimes y más dramáticas para la experiencia humana.

Lo anterior responde sin duda a razones fisiológicas: los cambios en los ciclos de luz, la disminución de la temperatura y el acortamiento de las horas diurnas, disminuyen los niveles de serotonina, neurotransmisor fundamental para regular los estados de ánimo y la conducta. Eso explica nuestra tendencia a la melancolía, a la nostalgia repentina y la ensoñación vagabunda en que a veces nos sumergimos, víctimas de una extraña tristeza. Pero es también el valor simbólico que hemos atribuido al otoño lo que repercute en nuestras conciencias.

Símbolo universal de lo crepuscular, el otoño nos recuerda que todo ciclo vital, todo periodo del tiempo y toda circunstancia de cambio exigen una renuncia, la lenta transmutación de la energía oscilando entre la vida y la muerte. Hoy vivimos una época de transformaciones globales que han demostrado la necesidad urgente de renunciar a nuestras obsesiones materialistas y de modificar drásticamente nuestro modelo social depredatorio, llevado a límites de una frialdad y una codicia irracionales. Hemos llegado, entre el fuego silencioso de las hojas enrojeciendo, quebrándose en los rincones, al otoño del mundo.

Quiero creer que esta sensación otoñal, esta nostalgia por el valor perdurable de los árboles renovando, entre el aire gris, la promesa de nuevos brotes, nos llevará por fin a un entendimiento más profundo de las cosas, a replantear nuestros vínculos afectivos y a mesurar con empatía nuestro impacto sobre la naturaleza. En el proceso, expectantes, el siguiente poema de Pedro Prado, notable poeta chileno que ha caído, como una hoja marchita, en la injusticia del olvido, nos recuerda ese aroma húmedo de la tierra que añoramos y el crujir de nuestros pasos en busca de la redención.

.

OTOÑO

La buena tristeza de mi sabiduría

me dice que el otoño es más hermoso

que la alegre primavera.

……..En el árbol él hace de cada hoja una

flor encendida, en el viento las hojas

las convierte en livianas y frívolas mariposas,

en los rayos del sol en flámulas brillantes.

……..Tú, hombre entristecido, cruza esta

alameda de otoño, para que las hojas que

te ofrezco crujan como seda bajo tus pasos

y te recuerden las mujeres amadas.

……..Yo haré por que otras hojas rocen tu frente

y te finjan caricias o pensamientos perdidos.

……..En un rincón, donde el viento nada puede,

se han reunido las hojas del lecho que te ofrezco.

……..Reposa en él y sabrás que es blando y tibio,

como el lecho de una mujer joven que hubiese

dejado entre las hojas el olor de sus cabellos.

……..Reposa en él, así verás más cómodamente

el alto y claro cielo que rara vez contemplas,

y es posible que duermas y que sueñes;

porque el aroma de las hojas secas

se parece al perfume de la sabiduría.

.

*Poema perteneciente a Los pájaros errantes (1960, Nascimento)

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